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“El médico no sana, es una guía”


Cuantas veces nos hemos topado con médicos fríos y apurados, que conocen de nosotros sólo lo que hay en la ficha médica ¿Qué pasaría si indagarán en nuestras emociones y traumas para entender nuestras dolencias? Juan Diego Maldonado es el doctor que sí lo hace.


Si te acuestas en la camilla o te acomodas en la silla de su escritorio verás la pintura de “El doctor” de Luke Fildes que adorna su consultorio. El claroscuro retrata los valores del “médico ideal” y a la vez las deficiencias en la profesión. Cada vez que entro a este espacio inevitablemente veo una historia que se cuenta por si sola: el doctor pensante e iluminado versus los padres angustiados y oscuros. La medicina se convierte en luz, en esperanza.


(ver foto al final del texto)


Al preguntarle cuales son los pilares que todo doctor debería seguir me señala “mantener el arte [de la medicina], mantener el respeto hacia el paciente y aceptar las limitaciones como profesional”. Y dice que sólo sus pacientes lo podrán juzgar.


Muchos médicos prefieren mantener muros entre ellos y sus pacientes, evitan relacionarse o tener empatía hacia ellos. No todos reconocen la importancia de una salud integral. Pero a Juan Diego, la vida le ha enseñó lo contrario.


Su familia y el encuentro con la vocación


Nació en Mérida -la capital del estado de Yucatán en México- y es hijo de un ingeniero industrial mexicano y una enfermera ecuatoriana. A los pocos años de vida, deja las playas de uno de sus lugares favoritos en el mundo y se cría entre Guayaquil y Quito. A pesar de eso y de que ahora vive en la capital, no se reconoce como ecuatoriano. “Me considero más que ecuatoriano, mexicano, hispanoamericano”, admite.


Describe a su madre como “una mujer dura de carácter, criadora fuerte, a la antigua”. En cambio, recuerda a su padre como un ser “maravilloso” que “resolvía todo conversando, como todo yucateco”, dice.


Justamente fue su padre quien lo llevó a especializarse en la medicina integral. Cuando apenas era un estudiante de la carrera, a los 21 años, su padre sufrió de un accidente en su fábrica y como producto de la diabetes, los médicos le recomendaron no trabajar más. Para un hombre que ama su trabajo, eso es una sentencia. Una sentencia que le generaría una fuerte depresión y que más tarde lo llevaría a sufrir de un cuadro de diabetes, que junto con un “mal manejo hospitalario” le causarían una insuficiencia cardiaca y con eso su muerte.


Con la muerte de su padre, Juan Diego entendió la importancia de ver más allá de los síntomas. La importancia de “ver en los pacientes a su ser integral. Verlos como un entorno psicológico, biológico y ambiental”, admite. Juan Diego reconoce que, si a su padre se le hubiera tratado la depresión no hubiera fallecido de esa forma.


Ahora que él es padre y tiene su propia familia, ha desarrollado otro nivel de empatía y cercanía con sus pacientes padres y madres. A su hijo lo describe como un “tremendo maestro” y al igual que cuando habla de su padre, se vuelve una mezcla de emociones. Dice que su padre e hijo son muy similares. Comparten los mismos gustos por los autos y las máquinas. A lo que le respondo que puede ser una reencarnación. El responde que es posible.


La pasión por la medicina lo acompañó desde pequeño. “Habían dos cosas que me fascinaban desde chiquito, las máquinas y la medicina”, cuenta. “Jugaba a que era el médico y les revisaba a los peluches, a los animales, a mis familiares. Siempre me encantó. Parecía que lo llevaba en la sangre”, dice.


El “doctorcito” y amigo


Muchos de sus pacientes lo ven como su amigo y con cariño, los más mayores, le dicen “el doctorcito”. Para mi mamá y para mí, Juan Diego también es su amigo. Y no podría ser menos que eso alguien a quien le confías gran parte de tu salud y bienestar.


Mi mamá y yo tenemos enfermedades autoinmunes. En nuestro camino por saber la causa de nuestros dolores y por recomendación de mi tía, llegamos al consultorio de Juan Diego.

Para mi mamá fue un “alivio” encontrarle al doctor. Tras 14 años de ir de aquí para allá y recibir toda clase de tratamientos fallidos, por fin alguien le dio un diagnóstico y se comprometió con mejorar su salud. “En la primera cita que tuve con él, se dio cuenta de que mi enfermedad tiene origen psicosomático. Me recomendó ir a terapia psicológica y eso mejoró mi calidad de vida”, afirma.


Para mí, descubrir que en mi adolescencia padezco de una enfermedad autoinmune ha sido difícil, pero mi “equipo de apoyo”, como les llamo a mis terapeutas y doctores, ha sido maravilloso. El hecho de tener un tratamiento y a alguien con quien conversar o reír, es algo que no todos pueden tener, pero deberían. Afrontar enfermedades crónicas de por sí ya es un desafió y eso sólo se intensifica cuando tenemos una cultura de la salud fría y apática con los enfermos.


Otra de sus pacientes, Mayra, afirma, “él trata las enfermedades desde la raíz o [identifica] emociones que puedan o hayan ocasionado la enfermedad y eso no lo hacen todos”.


“Entrega a sus pacientes toda su atención y presencia, busca que ellos logren encontrarse consigo mismos y en su interior, aquello que necesitan sanar”, comenta su esposa, Thalía. Juntos tienen un gato, pero para él no es sólo una mascota, sino un espejo. Reconoce en el gato la independencia, la inteligencia y la dominancia que reinan en sí mismo.


Ya para finalizar, le pido que se describa y se reconoce como “un ser espiritual, que tiene una experiencia terrenal, en este mundo carnal”. Una frase muy propia de él.

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